lunes, 8 de junio de 2009

Averiguar

Se trata de averiguar y realizar la labor para la que somos aptos. Hay tantas personas que suprimen sus verdaderos deseos y se convierten en clavijas cuadradas para agujeros redondos: como consecuencia de los deseos de un padre o una madre, un hijo se convierte en abogado, soldado u hombre de negocios, cuando su verdadero deseo era ser carpintero; o quizás el mundo se pierda otra Florence Nightingale por las ambiciones de una madre que desea ver a su hija bien casada. Este sentido del deber es un falso sentimiento, y un mal servicio al mundo: provoca infelicidad y, probablemente, uno desperdiciará gran parte de su vida antes de que el error pueda ser rectificado.

Escrito por Edward Bach en 1932 en Libérese usted mismo
vigente, hoy mismo.

EL PERIODICO DE CATALUNYA
ENTREVISTA // ALEXANDRA PANAYOTOU, ATLETA DE ULTRAMARATONES
8 Junio 2009
Alexandra Panayotou: "No te rindas, no les des ese gustazo a los que lo esperan"
Filósofa, psicóloga, políglota, su pasión es correr más de un maratón al día. Ya ven.

EMILIO PÉREZ DE ROZAS

Pudo ser Madrid 2016 (JJOO), pero ha acabado siendo Barcelona 2010 (Europeos de atletismo).
Alexandra Panayotou (Dublín, 1970) ha decidido dar una vuelta por España de 2.010 kilómetros, en etapas diarias de 70, para promover los Europeos. Y lo hará, dice, trotando, oyendo su cuerpo. "Correr te permite viajar, pensar, imaginar y, sobre todo, limpiar tu mente". Alex cree vital para sus pruebas multidías o desafíos personales que alguien le espere en la meta. "No puedes fallarle, y sigues".

--Para que se haga cargo del tipo de entrevista: Yanna, mamá griega; Paris, papá grecochipriota, nacido en Tanzania; usted, nacida en Dublín; ha estudiado en Ginebra; vive en Sant Vicenç de Montalt; su hermano Constantine vive en Zúrich y su hermana Anna, en Singapur. Perdone, pero ¿toda su vida es así?

--¿Así de qué? ¿De curiosa? ¿De complicada? ¿De desperdigada?

Supongo que alguien le habrá dicho que yo me paso la vida sonriendo, y es verdad, pero todo lo duro que he vivido me lo guardo para mí. He pataleado, mucho. Y llorado. He sufrido mucho, también. La gente me ha visto padecer, pero jamás rendirme. No se rinda nunca, nunca, no le dé ese gustazo al que lo espera. Ese ha sido mi pensamiento siempre. Si luchas, puedes perder; pero si no luchas, estás perdida. Hay demasiada gente que se rinde demasiado pronto.

--¿Cómo empezó todo?

--Papá, cuyo nombre, Paris, es el de un antiguo príncipe de Troya, tuvo una educación muy severa en Tanzania, inglesa, claro, y, aunque tras mi nacimiento regresamos a Atenas, a mí me enviaron, de nuevo, a Dublín con 11 años a estudiar. Fui interna y nadie puede imaginarse lo que lloré. No un día, ni dos, ni una semana, ni dos meses. ¡Todo el curso! Tanto, que al año siguiente me cambiaron de colegio y me pusieron en el internado de mis hermanos. Siguió siendo duro, pero algo más llevadero.

--Su padre fue, pues, implacable.

--Me pasé la infancia queriendo volver a Grecia. Yo sabía que mi madre no quería que me enviasen fuera a estudiar, pero papá fue, en efecto, implacable. Y se lo agradezco, la verdad. Todo eso me hizo más fuerte. Mi carácter se endureció. Ahí fue donde cogí la pasión por las pequeñas cosas, esos detalles inapreciables por el sistema educativo griego.

--¿Y eso de estudiar en Webster, la prestigiosa universidad de Ginebra?

--Esa fue otra decisión, incontestable, de papá. Tenía que haberle visto la cara cuando, a los 17 años, le dije que quería ser atleta, escritora o dedicarme al teatro. "Déjate de tonterías. Debes estudiar algo de verdad, algo clásico, algo que te sirva". Y me apunté a psicología y a filosofía. Y tuve la suerte de contar con tres profesores, medio locos, medio hippies (mi padre jamás lo supo), que me hicieron amar los estudios, los libros. ¿Sabe cómo?, dialogando, conversando. No estudiábamos, discutíamos. Maravilloso. Tanto, que me gradué entre las tres mejores.

--Y regresa a Atenas con dos licenciaturas y un puñado de idiomas.

--Y no sé de qué vivir, dónde trabajar, con qué ganarme la vida. O daba clases o me paseaba por Atenas, envuelta en una toga, en una sábana, sermoneando sobre Sócrates o Aris tóteles. Hasta que, de pronto, descubrí lo que quería hacer.

--Dígamelo, corra, dígamelo.

--Un día entré en casa y les dije a mis padres: "He decidido ser adiestradora de perros. Sí, adiestraré perros".

--Dios, la que se lió aquel día.

--Prefiero no contárselo, pero pasé cinco años maravillosos y, además, el negocio funcionó muy bien. Ese paso, tan raro para los míos, me sirvió para sacarme de mi mundo anterior y meterme en un mundo más real, más próximo a lo que quería, a mis sueños. Ya solo me faltó encontrar un día una cinta de esas de correr. La pisé y cambió mi vida.

--¿Qué sintió al pisar la cinta?

--Tenía 30 años y me vino a la mente una imagen que jamás olvidaré. Tenía 12 años y papá vino a vernos a Dublín. Coincidió que era el lunes que se corría el maratón y fuimos a la meta. Y allí, cómo no, en un día frío y lluvioso, vimos llegar a los atletas, que debían ser abrigados de inmediato con sábanas metálicas. Gente llorando, gente por el suelo, gente celebrando, gente atendida en el hospital de campaña. Ahí fue donde le dije a papá que quería correr maratones. "¡Ni hablar! Todo son problemas, desgracias, llantos, lesiones, náuseas... ¡Ni hablar!". Eso pensaba yo cuando pisé la cinta de correr que cambió mi vida. Hasta hoy.

--Tengo entendido que su primera carrera fue el maratón de Olympos: 35 kilómetros, desnivel de 250 a 3.150 metros, que acaba en Litohoro.

--Fue bestial. No había corrido nunca. Y, el día antes, paseaba con mi amiga y vimos cómo instalaban el podio. "¿Y si acabo en el podio?", le dije, lo que provocó su carcajada. Y acabé tercera. La gente me preguntaba a cuánto hacía el kilómetro. ¿El kilómetro? El día antes me cansé de comer patatas fritas y chipirones.

--¿Cómo logra ser tan positiva?

--Los habitantes de la antigua Grecia lo llamaban aretˆ. Se trata de llegar al final del día habiendo dado todo lo que tienes dentro. Cuando nos levantamos cada día podemos pensar en todo lo que nos falta, pero yo prefiero contar todo lo que tengo. Yo, cuando me caigo, nunca maldigo mi mala suerte, no pierdo energías gritando o averiguando qué ha pasado; me levanto, me curo las heridas, me sacudo el polvo y sigo corriendo. No se rinda nunca. No nos lo podemos permitir. Ninguno.

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