martes, 21 de julio de 2009

Temperamento

El doctor Bach explicaba en su conferencia de Wallingford del 24 de septiembre de 1936, que en la vida diaria, cada uno de nosotros tiene un carácter que le es propio. Éste está formado por nuestros gustos, disgustos, ideas, pensamientos, deseos, ambiciones, la forma en que tratamos a los demás y cosas semejantes.

Que cuando se trata de prevenir una enfermedad, corta o larga, el principio a aplicar es el mismo: "tratar al paciente" de acuerdo a su estado de ánimo, su carácter, la individualidad, y así nunca se podrán equivocar.

Lo podemos relacionar con la entrevista a Mercè Leonhardt, que nos explica la importancia de conocer el temperamento de nuestros hijos a los pocos días de nacer, ya que luego éste formará su carácter y su personalidad.


El Periódico de Catalunya
21/7/2009 Edición Impresa LA ENTREVISTA |MERCÈ LEONHARDT, PSICÓLOGA

Mercè Leonhardt: «Venimos al mundo con un temperamento»

Analiza y estimula la capacidad de comunicar con el exterior de bebés que apenas llevan dos o tres días en este mundo. Orienta a los padres sobre el temperamento de su hijo.

ÀNGELS GALLARDO

–¿Con qué información nacemos?
–Desde el momento en que nacen, los niños muestran un potencial que será determinante. No son una página en blanco sobre la que los padres irán escribiendo. En absoluto. A los tres o cuatro días de vida, ya demuestran su temperamento.

–¿Qué tipo de potencial?
–Las personas nacemos preparadas para estar en este mundo. Nada más abrir los ojos, los bebés empiezan a desarrollar la capacidad de percibir el entorno, van viendo qué les gusta y qué no. Unos investigan con los ojos; otros prefieren escuchar, ser tocados, estar en contacto con los demás... Cada niño te va diciendo qué es prioritario para él.

–¿Es fácil interpretarlo?
–Al principio, no. La interpretación viene de la observación. Cuando has observado a muchos, codificas sus características y sabes cuál es su forma de ser. Esto es muy útil con los niños que nacen enfermos y pasan las primeras semanas en la uci. Los padres se imaginan que su hijo les verá como a desconocidos, que conocerá más a la enfermera que los cuida.

–Y no es así.
–No. Hace poco, traté a una pareja que acababa de tener un hijo ciego y con síndrome de Down, un niño muy observador. Un día, hicimos una prueba: pusimos al bebé en un punto equidistante a los tres –el padre, la madre y yo–, y lo llamamos por su nombre. El niño escogió primero a su madre, por supuesto, y después a su padre, que quedó sorprendido. Fue muy emocionante.

–¿Conocía la voz de su padre?
–Sí. Porque la había oído antes. La oyó en el vientre de su madre, a partir de los cinco meses de gestación. A la madre la oyen continuamente, y al padre, también. Lo graban, y al nacer lo reconocen. En casos así, es importante hacer estas pruebas, porque los padres ven que su hijo tiene competencias, que saldrá adelante.

–Dice que a los pocos días de vida ya muestran su temperamento.
–Sí, sí. Todos venimos al mundo con un temperamento que nos orientará hacia una forma de ser. Después, con eso se formará el carácter y la personalidad. El temperamento son las características fundamentales: la perseverancia, el amor, la búsqueda de contacto con los demás... Existen tres tipos principales y cada bebé se suele ajustar a uno, o a dos.

–¿Cuáles son?
–Uno es el de los niños adaptables, esos a los que todo les va bien. Lo que dice mamá, el tipo de comida, la maestra... todo bien. Ante una situación nueva, siempre encuentran algo positivo, y se adaptan. Después están los observadores o cautelosos. ¿Qué hacen? Llorar días y días cuando van a la guardería. Recelan de lo nuevo. Se apartan, lo observan todo minuciosamente y, poco a poco, se dejan ir si el medio les ayuda. A estos siempre les costarán los inicios.

–¿Siempre?
–Siempre. A esos niños, las situaciones desconocidas les alteran el ritmo cardíaco y les modifican la secreción de las hormonas. Detectan con todo su cuerpo los cambios y sufren una respuesta fisiológica. Se hizo un estudio con un grupo de ellos y se vio que al cumplir los 15 años las situaciones nuevas les seguían alterando todo el organismo. Esas trazas del temperamento marcan toda la existencia. Son nuestras tendencias.

–¿Y el tercer temperamento?
–Es el activo nervioso. Son esos niños que constantemente van de arriba a abajo, no paran nunca. Niños explosivos. Cuando la madre les ordena algo, explotan, se tiran por el suelo...

–¿Todo eso ya se tiene al nacer?
–Ya está, y se puede ver. Al niño del primer tipo, todos los estímulos que le das le van bien. El del segundo, rehúsa la mirada, te dice que «no» y has de estar mucho rato quieta, frente a él, para que poco a poco se vaya impregnando de ti y se suelte. Con el del tercer grupo, apenas harás nada. No podrás parar su actividad.

–¿El temperamento es casual?
–Más o menos. Interviene la herencia y, sobre todo, el bagaje con que llegamos al nacer, que es personal.

–¿Qué utilidad tienen estas observaciones tan iniciales?
–Ayudar a los padres a que conozcan mejor a su hijo, en especial si tiene algún problema fisiológico, que son los que me envían a mí. A un niño prematuro que no mira, por ejemplo, lo puedes acostumbrar a ver mostrándole diferentes telas rayadas. Si cumple los cuatro meses sin recibir estímulos, tal vez su sistema visual ya no funcione al completo.

–¿Cómo capta usted todo eso?
–Observando. Viendo cómo duermen, cómo reaccionan cuando les acerco un punto luminoso, qué ocurre si hago sonar una campanita junto a su oreja: si sonríen, pero siguen durmiendo, es que su cerebro está bien habituado. Me fijo en cosas así.

–¿Por qué le interesa esta edad?
–Porque es la que tendrá más repercusión en el resto de la vida. Es la que más determina el futuro.

White Chestnut en un parque de Wallingford
Foto: Pilar Vidal Clavería
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